El Vizconde de Bragelonne y la Sección Amarilla.

El Vizconde de Bragelonne es la tercera y última parte de la saga de Los Tres Mosqueteros. Es una obra inmensa en el sentido de que requiere una cantidad comparable de follaje a la sección amarilla para ser impresa. Pero las semejanzas entre ambas obras terminan ahí de forma que ocupémonos de las diferencias.

En primer lugar, la sección amarilla es interesante, con lo cual no quiero decir que valga la pena de leerse de principio a fin sino que en condiciones regulares uno abre las páginas del mamotreto pálido por necesidad, por que está buscando una dirección, un teléfono o por enterarse de la existencia de algo que se presume presente en el mimo plano ontológico sin evidencia positiva. En otras palabras, la experiencia de lectura asociada a las páginas amarillas responde siempre a un interés y la necesidad de satisfacerlo. Nada parecido se puede decir del Vizconde de Bragelonne: muy difícilmente puede leerse por interés (literario o de cualquier otro tipo) y aquel lector que burle el poder de la probabilidad adquiriendo el antojo de revisarlo encontrará que, sea cual sea la naturaleza de las improbables ganas de leerlo, permanecerán invioladas e insatisfechas al final del libro --suponiendo el todavía más extraordinario evento de que este desafortunado lector llegara al final.

Un segundo punto está en el desarrollo de caracteres. La sección amarilla tiene una cantidad considerablemente mayor de personajes, sin duda alguna. En este punto Dumas no puede competir de ninguna forma con las cetrinas hojas (aunque tal vez Tolstoi podría hacerlo con alguna de las ediciones de provincia) pero lo que nos ocupa es el desarrollo y profundidad del perfil de los personajes más que el número y, a pesar de que prometí en el primer párrafo hablar de diferencias, en este punto ambas obras resultan mucho muy semejantes: la sección amarilla provee nombres, números telefónicos y domicilios. Dumas provee la misma información, excepto por el teléfono, y alguna descripción ocasional. Excepto por Fouquet y Colbert, el carácter de todos los personajes se da por sentado en este libro. No se explora, no se expande. En realidad, los personajes más importantes de la trilogía están ausentes por cientos de páginas a la vez para dejar paso a Luis XIV y Luisa de la Valliere.

Una diferencia a favor de la novela es que el directorio no tiene línea narrativa en absoluto. No es que el Vizconde comunique una gran historia, pero al menos la historia está presente. Mala, demasiado larga, aburrida, anodina, indigna de haber sido consignada al papel. Sin embargo está ahí. Ahora, no es nada para volverse a favor de la novela: todo el vacío narrativo de la sección amarilla está rodeado de orden, como el agujero de una dona está rodeado de masa. Ese orden está, en cambio, completamente ausente de El Vizconde de Bragelonne cuya historia, indiscutiblemente presente, no tiene cohesión, orden, profundidad o peso. Es como uno de esos corazones de dona que pueden comprarse en Donkin Donuts: por más que tenga centro, nunca es tan atractivo como una dona completa y con agujero.

¿Qué decir? ¿Te interesa saber cómo mueren Athos, Porthos, Aramís y Artagnan? No tiene caso soplarte las 2000 páginas de mero foliaje que constituyen el Vizconde de Bragelonne: Athos se muere de tristeza cuando lo abandona Raúl, a Porthos lo aplasta una piedra cuando se ve obligado a huir por que Aramís lo enreda en una serie de intrigas que, como siempre están muy por encima de su inteligencia, que no de su venidad. Artagnan se muere de la forma más estúpida (una bala por la espalda) durante el sitio de Maastrich cuando recibe la notificación de que Luis XIV, después de todo, es capaz de cumplir una promesa.